Sobre un cursillo de fenomenología

June 16, 2017

 

Durante la pasada Semana del ICSA tuve la oportunidad de ofrecer un pequeño curso de fenomenología: “Introducción a la fenomenología trascendental. Problemas y conceptos”. La idea general del curso era exponer de manera más o menos clara y concisa algunos de los planteamientos centrales de la fenomenología de Husserl siguiendo preferentemente la exposición de sus Conferencias de París. Se trata de una serie de cuatro conferencias (o dos conferencias dobles) en las que el fundador de la fenomenología resumía lo que, a lo largo de treinta años (de 1900 a 1929), había desarrollado bajo el título de fenomenología pura o trascendental al público intelectual francés. Tienen, además, en alguna medida su importancia estas conferencias porque justamente sirvieron a Husserl para la posterior redacción de una de sus obras más conocidas ―las Meditaciones cartesianas.      ¿Pero qué es la fenomenología? La primera sesión (de un total de cuatro) del curso estuvo destinada a responder brevemente esta pregunta acompañando la exposición con el contexto histórico-filosófico en que le es propio a la fenomenología. En primer lugar, se trata de un método, una ciencia y, en el nivel más alto, una filosofía; se convierte en un movimiento filosófico durante las primeras tres décadas del siglo xx para luego ser “superado” por las filosofías existencialistas derivadas del mismo (pero esta “superación” es algo más que cuestionable); luego, como diría Derrida en los 60´s, sería difícil encontrar algún filósofo que no se definiera por su relación con la fenomenología. Quizá dentro de su exageración no estuviera tan equivocado pues, como diría Zubiri, lo importante al exagerar es saber que se exagera.  Para responder de manera un poco más detallada a la cuestión anterior ―¿qué es eso de fenomenología?―, me permitiré repetir algunas palabras que ya han aparecido en otro lugar (Vox Pupuli Fanzine, vol. III, pp., 4-6).                                                         
    La fenomenología es, en primera instancia, un método de descripción eidética que tiene como objeto temático los fenómenos de conciencia reducidos a su pureza esencial, a su eidos. Tales fenómenos que, como se verá, no son nada más ni nada menos que la totalidad de los fenómenos, forman una región ontológica trascendente (trascendental) respecto al mundo, región sobre la cual se funda la ciencia propiamente fenomenológica: llamase a sí misma “ciencia de fenómenos”, fenomenología pura o trascendental.  

     Los fenómenos de la fenomenología, que no son otra cosa que correlatos de experiencia, es decir, vivencias, son también el objeto de estudio de la psicología. Sin embargo, por un cambio de actitud a partir de la reducción fenomenológica, tales fenómenos adquieren un carácter peculiar que los pone en una situación de cabo a cabo distinta de aquella de los que son objeto de estudio psicológico. La significación de la reducción fenomenológica, uno de los temas centrales de la fenomenología, se deja ver cuando, en primer lugar, nos damos cuenta de que, en tanto sujetos (egos) que se identifican con un cogito, podemos prescindir, en un determinado sentido aun por aclarar, del mundo de la experiencia natural o, dicho de manera más precisa, del mundo como correlato de la actitud natural. En esta actitud, propia de todo sujeto que vive y se deja vivir en la mera “concreción” de la existencia, el mundo y todo lo que hay en él nos es dado como efectivamente existente, si bien con un carácter contingente tal que, una vez instalados en un grado primitivo de reflexión, aunque “de hecho el mundo (y lo intramundano) es así, bien podría ser de otra manera”. Esta contingencia del mundo nos hace llegar un nivel de incertidumbre tal que podemos dudar de nuestra propia existencia en tanto que, por lo menos empíricamente, somos parte de este mismo mundo que, de momento, parece no ser sino una mera apariencia. Pero una vez que nos instalamos en el terreno de la duda, hemos llegado, sin saberlo aunque ya lo sabremos, a una verdad absolutamente indubitable, es decir, contraria a la contingencia del mundo o, lo que es lo mismo, una verdad apodíctica: yo, el que duda en cada caso, dudo; y este dudar no es sino una modalidad del pensar, del cogito. Y digo modalidad porque el cogito es o bien duda, o bien, juicio, o bien valoración, o bien emoción… Así, pues, mi verdad apodíctica, dicho con más precisión, no es propiamente que dude, sino que, hay un ego que puede decir para sí mismo “cogito”.  

      Ahora bien, si, por un lado, tenemos un mundo contingente, del que podemos dudar en todo momento, tenemos ahora, por el otro lado, un ego del que no cabe la menor duda. ¿Nos indica esto algo fundamental acaso? Sí, que con la apodicticidad del ego hemos pisado una esfera ontológica de una índole totalmente distinta a la del mundo: la esfera trascendental del ser. Esta esfera es, entonces, accesible a nosotros con un cambio de actitud respecto a la actitud natural, que tiene por dado el mundo: la actitud fenomenológica. Posicionados en esta actitud, indagamos entonces en la esfera trascendental del ser y, de este modo, nos encontramos en el campo de análisis propio de la ciencia fenomenológica.  

      Pero, surge una objeción: ahora que hemos puesto en duda la existencia del mundo y hemos quedado reducidos a nuestro propio ego, el cual parece ser el único ente propio de la esfera trascendental, ¿de qué cosa podría, entonces, haber una ciencia? Del ego mismo: una egología trascendental.  Y es que el ego, con su cogito, no es, un algo vacío de todo “contenido”; donde hay un cogito, hay un cogitatum. Cuando digo que pienso, pienso en un determinado algo: ego cogito cogitatum. Este ego, que llamaremos por lo pronto conciencia (y de ahí que la fenomenología pueda ser definida como “ontología de la región conciencia”), en todos sus actos cogitativos, se encuentra en una relación de referencia que, en la fenomenología, se llama intencionalidad. Este carácter referencial de la conciencia a un objeto es la mayor peculiaridad de la conciencia. Conciencia, quede dicho de una vez, es siempre conciencia de… algo.  

     Así, pues, la fenomenología es ciencia de la conciencia trascendental (trascendental respecto al mundo) así como de los “contenidos” de esta conciencia: sus actos, sus correlatos de actos y, en general, todo lo que atañe a la conciencia como polo subjetivo de actos. Y, vale la pena decirlo, actos los hay de dos tipos: de dirección inmanente y de dirección trascendente. Los primeros de ellos se refieren a actos cuya intencionalidad se dirige hacia la conciencia misma, tales como la reflexión, el recuerdo, la fantasía, etc.; los segundos, de mayor interés fenomenológico, se refieren actos con una intencionalidad dirigida hacia objetos ajenos a la conciencia, objetos no-yoicos, es decir, trascendentes, como las apariciones visuales, táctiles o, en general, sensibles. Podemos distinguir, entonces, dos sentidos básicos de trascendencia: la trascendencia propia de la conciencia, que es trascendencia respecto al mundo, y la trascendencia del “mundo”, que es trascendente respecto a la conciencia. Para decirlo con palabras más precisas, podría decirse que la conciencia es trascendental, mientras que el mundo es trascendente. 
     A su vez, esta conciencia junto con sus actos tiene una estructura general que, en la fenomenología, recibe el título de noético-noemática. Podríamos decir que el polo noético es el polo subjetivo mientras que el polo noemático es el polo objetivo de los actos y sus contenidos.  

     Para usar un ejemplo del propio Husserl que ilustra el concepto de nóema, hablemos de un árbol que se nos aparece en el campo visual. Ese árbol, en tanto percibido visualmente, es mi nóema; la imagen que he aprehendido de ese árbol es para mi conciencia un contenido noemático. Ahora bien, si el árbol se quema, no se quema el noéma que tengo yo del árbol: puedo pensar ahora y siempre en aquel árbol tal y como era antes de ser quemado a la vez que puedo pensar en él tal y como es una vez que ha sido quemado. Los contenidos de mi conciencia, entonces, no se ven afectados por las modificaciones que sufre el mundo de la experiencia. La contingencia del mundo no afecta pues la “representación” que tengo del mismo: los fenómenos se salvan, para ilustrarlo con la fórmula bien conocida.

     Hasta aquí la repetición. En el curso en cuestión, del que quería hablar en esta nota, se tocó un tema que desafortunadamente está ausente en las Conferencias de París: la intersubjetividad. Este fue el tema de la cuarta y última sesión. Es desafortunado que para llevar a plantear con propiedad el problema fenomenológico de la intersubjetividad haya que recorrer antes un camino tan largo. Y tanto más desafortunado es tratándose del problema que mejor nos viene a quienes nos encontramos en el ámbito de las ciencias sociales. Tal vez sea ésta una de las razones por las cuales se deja ver una gran reticencia a entrar con seriedad al estudio de la fenomenología desde las ciencias sociales, aún a sabiendas de que Alfred Schutz y su escuela, por ejemplo, desarrollaron en buena medida este asunto y lo llevaron a una diáfana claridad, claridad que se enturbia si no estamos antes, digámoslo así, en la cosa.

     No me queda más que agradecer sinceramente a aquellas personas que tuvieron a bien acompañarme durante este curso. De igual manera, agradezco al Centro de Orientación y Bienestar Estudiantil (COBE) por haber asumido el curso como parte de sus actividades para la Semana del ICSA; a la Mtra. Elsa Aranda Pastrana, coordinadora del Programa de Sociología, por todo el apoyo; al Dr. Antonio Zirión (UNAM), por sus amables y bien dirigidos consejos que me llevaron a hacer espacio para tocar el contexto histórico y filosófico de la fenomenología así como el mencionado tema de la intersubjetividad; al Dr. Víctor Manuel Hernández, mi maestro, por todo. 

 

Jonathan J. Guereca es egresado del Programa de Licenciatura en Sociología. Estudiante asociado al Cuerpo Académico 82, Estudios Filosóficos.

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